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lunes, 11 de julio de 2022

Reseña de LA SOMBRA DE POE

La sombra de Poe, por Matthew Pearl



Ficha

La Sombra de Poe (The Poe Shadow)
Autor: Matthew Pearl
Trad: Vicente Villacampa
1ed, Buenos Aires, Seix Barral, 2006


La historia comienza con flashforward donde el protagonista, Quentin Hobson Clark, abogado en Baltimore y “apasionado de la lectura” está siendo juzgado por algo sin revelar aún, y en circunstancias que revelan que cosas muy malas le han acaecido.

Posteriormente, nos sitúa en el 8 de octubre de 1849, donde Quentin presencia un entierro que le impacta por la tristeza de la escena –con muy poca gente, que tampoco muestra gran pesar–. Al día siguiente se entera que se trataba del entierro de su autor favorito, Edgar Allan Poe, con quien, además, había estado intercambiando algunas cartas.

Quentin me provocó simpatía desde el comienzo por su idealismo: es el más idealista de su entorno, le gustaría defender algo que sepa que es justo o valioso, más allá del dinero, que es la razón por la que se ofreció a Poe en sus cartas con él como su asesor legal. Mi simpatía disminuiría por su posterior accionar, a partir de la tercera de las cinco partes de la obra, debido a que es totalmente superado por la situación: va a los tumbos sin casi entender nada, con más emocionalidad que la que correspondería a un admirador de C. Auguste Dupin que trate de desentrañar un misterio (Dupin es el protagonista de tres relatos de Poe donde se configura el moderno policial de enigma que Conan Doyle perfeccionaría y populizaría con Sherlock Holmes), aunque más avanzada la quinta parte se redime un poco de esto comenzando a atar cabos por sí mismo.

Ahora bien, lo que lo motivó en su accionar fue, por un lado, su irritación ante que las vilipendiadas que ya aparecían en la prensa contra Poe antes de su muerte se magnificaron con posterioridad a esta; y, por otro lado, que la muerte de Poe estuvo rodeada de misterios: estuvo llamando en sus últimas horas en el hospital a un tal Reynolds que no se pudo identificar, se lo encontró con ropas raídas que no eran de su talla, y varias cosas más. Quentin empieza a indagar, no con decisión de realizar una gran investigación al principio, sino con la de “a ver si descubro algo”. Termina descubriendo que el misterio es demasiado profundo para él, pero entonces llega a sus manos un recorte de diario que habla de que el genial Dupin estuvo basado en una persona genial y real de Francia, y entonces, Quentin parte en su busca para traerlo a Baltimore y que resuelva el misterio.

Sin embargo, se topará con un problema inesperado: el penúltimo hombre que descartó entre los posibles inspiradores de Dupin, el barón Claude Dupin, no acepta su rechazo luego de que Quentin le comunique que ha cambiado de opinión y que pasó a considerar que Auguste Duponte es “el verdadero” Dupin, y el barón, abogado de artes sucias caído en desgracia y acuciado por graves problemas financieros que ponen su vida en peligro, parte por su cuenta a Estados Unidos para resolver el misterio y hacerse de dinero y de su fama perdida.

Por otro lado, el elegido de Quentin, Duponte, está viviendo apartado del mundo y no muestra interés en la muerte de Poe, aunque tolera la presencia de Clark, quien intenta “despertarlo” de la especie de sopor o indiferencia suprema que él tiene. Finalmente, van juntos a Baltimore. Así, se desata la competencia entre dos posibles Dupin, pero hay detrás de ella más de lo que Quentin puede ver al principio.

Las mejores cosas del libro son: la primera parte de este, donde Clark está solo; a las particulares personalidades de los candidatos a Dupin y de la esposa del barón, Bonjour; y a los capítulos donde se comparan las conclusiones sobre la muerte de Poe a la que llegaron los dos candidatos a Dupin. La competencia intelectual que se desata entre el barón y Duponte también es de lo mejor del libro y, sin embargo, también es donde narrativamente el buen ritmo que tenía empieza a sufrir problemas.

El autor demuestra un gran manejo de la lengua y hay una gran reconstrucción histórica de Baltimore y las circunstancias de la época, pero algunas desiciones estilísticas dejan algo que desear: hay molestos saltos temporales,   pues algunos son hacia adelante y luego vuelve hacia atrás, aparentemente con el propósito de acomodarse a que el protagonista narrador en primera persona hace la narración, en cierto modo, a medida que la recuerda, pero el efecto es más molesto que lo que aporta en verosimilitud. Indicando que Pearl sabía muy bien lo que estaba haciendo aunque no alcanzara, para mí, el efecto que buscaba, Clark dice en un momento (p226): "Pero veo que he dado un salto excesivo adelante, como tiendo a hacer. Reconstruiré mis pasos antes de regresar al diálogo anterior".

También, aunque comienza con fluidez y ritmo veloz, a partir de la segunda parte la historia comienza a volverse más esquemática y menos fluida.

No obstante esos defectos, la novela valdría la pena aunque sólo fuera por el personaje de Auguste Duponte, el candidato entre los posibles inspiradores para el literario Dupin que Quentin Clark selecciona como el que debe haber sido tal inspirador, y también por la larga y bien hilada explicación dada por el final de la obra a la muerte de Poe (aunque también aquí se hace patente otro defecto que ocurre algunas veces, el de tratar de dar más impacto o sorpresa que la que se ajusta a la situación).

Finalmente, el último capítulo, por otro lado, tiene un buen cierre, con un tono de conclusión y seminostalgia

No es necesario haber leído a Poe antes de leer este libro, aunque haberlo hecho suma a su disfrute (leer Los crímenes de la calle Morgue antes es recomendable para que no les pase como a mí, que me lo espoileó).

Un par de frases:

[Quentin Clark] El nombre de Poe debe ser rehabilitado. Rescatado de una eternidad de injusticia.
[Duponte] Los periódicos casi siempre están equivocados acerca de todo. Si encontrara usted alguno de los principios de su religión impresos en una página, sería hora de considerar su forma de dar culto a Dios

Reseña de Los crímenes de la calle Morgue 

Poe y la inteligencia y el análisis

martes, 19 de enero de 2021

ANÁLISIS (1) POE Y LA INTELIGENCIA Y EL ANÁLISIS

POE Y LA INTELIGENCIA Y EL ANÁLISIS



C. Auguste Dupin es el principal protagonista de tres cuentos escritos por Edgar Allan Poe: Los crímenes de la calle Morgue; El misterio de Marie Roget; La carta robada. En estos tres cuentos y en otro llamado El escarabajo de oro, con otro juego de protagonistas, de los cuales el principal es William Legrand, Poe ha escrito sobre la inteligencia y el análisis, y sobre las probabilidades y el azar, con un enfoque muy interesante porque el detective más famoso, Sherlock Holmes, le dedica a esos temas un enfoque de, más bien, ciencia aplicada y, de hecho, Sherlock combina la teoría con la práctica más que lo que Dupin lo hace en sus tres cuentos porque el primero hace mucha más investigación de campo, además de que aunque es dicho que Holmes resuelve casos sin salir de su casa, en la mayoría de los que cuenta Watson su investigación de campo, muy superior por lo regular a la de la policía, es fundamental para obtener los datos necesarios para descubrir o demostrar. Dupin, por su parte, explica sus razonamientos desde un ángulo que no sé si llega a calificar de epistemológico, pero al menos creo que esta palabra da la idea general.

Así, en los primeros párrafos de Los crímenes… comienzan directamente hablando de la inteligencia, y ya desde su epígrafe:

"Qué canción cantaban las sirenas o qué nombre adoptó Aquiles cuando se ocultó entre las mujeres, aunque cuestiones intrincadas, no están más allá de toda conjetura (Sir Thomas Browne, Urn-Burial)"

Tras esto, habla el narrador anónimo sobre cómo Las características de la inteligencia calificadas de analíticas constituyen, al utilizarlas quien las posea en alto grado, una fuente de gran placer para este, incluso en las cuestiones más triviales, y que probablemente estas facultades se vigoricen con el estudio de las matemáticas, y en especial del análisis matemático (calculus, aunque Dupin en La carta robada negará la validez universal de la razón matemática). Pero aquí hace una distinción importante: calcular no significa por sí mismo analizar, y señala cómo en el juego de las damas un jugador ejercita más el análisis (no en el sentido matemático) que el mero cálculo en comparación con un jugador de ajedrez, dado que en este último juego se toma por profundo (un error bastante común) lo que es complejo; esto debido a las muy diversas posibilidades de movimientos de las piezas, que requieren de una gran concentración para no cometer un desliz, y es la capacidad de concentración alta e ininterrumpida, entonces, lo fundamental; mientras que en las damas, al ser un juego mucho más simple, requiere de una mayor agudeza y un jugador se ve obligado a penetrar en el espíritu de su oponente para descubrir cómo forzarle a cometer un error. En el mismo sentido habla luego del whist (un juego de cartas): la destreza en el whist implica la capacidad de triunfar en todas las empresas más destacadas en que una inteligencia luche por otra.

Luego (todo esto antes de siquiera mencionar a Dupin) hace el narrador otra importante distinción:

“No debe confundirse el poder de análisis con el simple ingenio, pues mientras el analista es necesariamente ingenioso [, el ingenioso] es a menudo notablemente incapaz de análisis. La capacidad de deducción y de combinación, a través de la cual suele el ingenio manifestarse y a la que los frenólogos (creo que erróneamente) han asignado un órgano separado, suponiéndola una facultad primitiva, se ha observado con tanta frecuencia en sujetos cuyo intelecto bordeaba por otro parte la idiotez, como para atraer la atención general de los tratadistas del carácter. Entre el ingenio y la capacidad analítica existe una diferenciación aún mayor que entre la fantasía y la imaginación, si bien de una naturaleza casi estrictamente análoga. Se descubrirá, de hecho, que el ingenioso es siempre fantasioso, y el verdadero imaginativo es analítico”

Finalmente, sí se presenta a Dupin, y se narra cómo se inmiscuye de golpe en los pensamientos del narrador tras haber caminado unos quince minutos en silencio, algo que Sherlock Holmes, en Estudio en escarlata, califica de muy petulante y superficial, aunque en un cuento posterior él mismo lo hace con Watson para demostrarle que también podía hacerlo (la clave en ambas situaciones era, especialmente, seguir los ojos del otro para trazar conexiones por las cosas que observa y las expresiones faciales que estas le provocan). Posteriormente, ya analizando el caso en Los crímenes… Dupin dirá:

Vidocq [1775-1857, fundador de la policía nacional francesa, detective privado y propulsor de métodos científicos para el trabajo policíaco y detectivesco], por ejemplo, era hábil en sus conjeturas, y desde luego un hombre perseverante. Pero, al carecer de un pensamiento adiestrado, erraba continuamente por la misma intensidad de sus investigaciones. Empañaba su visión al mantener el objeto demasiado próximo. Podía ver, quizás, uno o dos puntos con insólita claridad, pero al hacerlo así, necesariamente perdía la visión del asunto como un todo. Y es que existe algo que podemos llamar exceso de profundidad. La verdad no está siempre en un pozo. De hecho creo que el conocimiento más importante es invariablemente superficial. La profundidad yace en los valles donde lo buscamos, y no en las cumbres de las montañas donde se encuentra. Las formas y las fuentes de este tipo de error están bien tipificadas en la contemplación de los cuerpos celestes. Al mirar una estrella de reojo, al observarla con una mirada de soslayo, girando hacia ella las zonas exteriores de la retina (más sensibles que la interior a las impresiones de luz más débiles), se la capta con mayor nitidez, se tiene la mejor perspectiva de su brillo, un brillo que se empaña a medida que centramos nuestra visión totalmente sobre ella. En este último caso, caen realmente sobe el ojo un gran número de rayos, pero en el primero hay una capacidad de captación más refinada. Por una profundidad indebida perturbamos y debilitamos el pensamiento; y es posible hasta borrar al propio Venus del firmamento si lo miramos de modo demasiado sostenido, demasiado concentrado, o demasiado directo.

Calcular no significa por sí mismo analizar; no se debe tomar por necesariamente profundo lo que es complejo; y no se debe caer en un exceso de profundidad, para no empañar el pensamiento. Esta síntesis de los conceptos vistos conforma principios para crear la actitud mental de un investigador, pero digo investigador en un sentido muy amplio, pues todos nos enfrentamos a problemas o enigmas de diversa índole regularmente. Es lógico que no cada minuto de cada día lo pasa uno investigando, aunque el cerebro incluso pasivamente recaba información que puede llegar a ser investigativamente útil; pero me refiero a que hay momentos en que las acciones decididas se desprenden casi por completo de la actitud investigativa, dado que tal desprendimiento es necesario para enfocarse en el aquí y ahora de una acción específica y ejecutarla correctamente (e.g.: un cirujano que está operando no tiene que tener una actitud investigadora, sino ejecutiva; sólo si ocurriera un imprevisto –uno absoluto, del tipo que ni siquiera estaba contemplado como riesgo posible– sería necesario cambiar brevemente de actitud para hacer una rápida investigación, puramente mental y aún con el escalpelo en la mano, sobre qué puede estar ocurriendo y cómo resolverlo, recurriendo a los conocimientos que de su estudio y experiencia tiene a su alcance en ese momento determinado).

Ahora bien, no debe confundirse el evitar caer en el exceso de profundidad con no seguir una línea hasta las últimas consecuencias:

Ahora, habiendo llegado a esta conclusión de forma tan inequívoca como lo hemos hecho, no podemos, como razonadores, rechazarla basándonos en imposibilidades aparentes. Sólo nos queda probar que estas aparentes "imposibilidades" no lo son en realidad.

Fue por esto por lo que Dupin continuó investigando una zona específica del lugar de los asesinatos (un clavo de una ventana), cosa que la policía no había hecho porque esta sí cayó en la imposibilidad aparente debido a la falta de un razonamiento que sostuviera su búsqueda, pues sólo habían buscado por buscar qué podían encontrar:

Había rastreado el secreto hasta sus últimas consecuencias, y estas estaban centradas en el clavo. Tenía, como dije, en todos los aspectos, la misma apariencia que su gemelo de la otra ventana; pero este hecho era totalmente nulo (por muy concluyente que pudiera parecer) frente a la consideración de que aquí, en este punto, terminaba la pista. "Algo debe estar mal en este clavo", me dije.

Efectivamente, algo estaba mal con el clavo, pero fue el método de Dupin el que le permitió que ni siquiera se frustrara un momento cuando se topó con la posteriormente demostrada aparente imposibilidad. Empero, este control emocional, aunque beneficioso, es en realidad secundario, porque sería posible que ante la imposibilidad aparente a uno le nacieran espontáneamente las dudas sobre si habría o no cometido un error en su razonamiento o en si habría alguna premisa que no hubiera tenido en cuenta; lo importante es no dejar que esas dudas pasen de hacer que uno revise su razonamiento, y que no le impida seguirlo hasta sus últimas consecuencias. En este sentido, como dice Sherlock Holmes: ...cuando has eliminado lo imposible, lo que queda, por muy improbable que parezca, tiene que ser la verdad[La Corona de berilos]. Y así vamos al tema de las probabilidades, a lo que Poe dedica unos cuantos párrafos.

Las probabilidades tienen una gran importancia en los cuentos de Poe de El Misterio de Marie Roget, en Escarabajo de oro y en El gato negro. En el último, el narrador protagonista está en la duda de si lo que le ha ocurrido se debe a una serie de coincidencias extraordinarias o a algo sobrenatural (y su sentido de culpa por sus acciones lo inclinan a pensar que lo ocurrido es un castigo sobrenatural); en el Escarabajo de oro, William Legrand, amigo del narrador y quien tiene la iniciativa en la historia, reconoce que la búsqueda del tesoro sólo fue posible debido a una serie de coincidencias que lo hicieron descubrir la pista primaria por accidente; y en Marie Roget, navegar en el mar de las probabilidades es en lo que consiste el largo discurrir de Dupin, navegación que hace a partir de toda la información que suministran los periódicos para resolver un caso cuya dificultad estriba en que es uno mucho más común que el la calle Morgue. Así, en Marie Roget, el narrador anónimo comienza:

Pocos habrá, aún entre los pensadores más serenos, que no se hayan visto en ocasiones sorprendidos al ver que, de modo vago pero inquietante, creían a medias en lo sobrenatural, a causa de coincidencias de un carácter tan aparentemente maravilloso que el intelecto era incapaz de aceptarlas como meras coincidencias. Tales sentimientos, pues las semicreencias de que hablo jamás tienen la fuerza total del pensamiento, tales sentimientos difícilmente se logran sofocar por completo, a menos que se acuda a la doctrina del azar, o como técnicamente se la denomina, al cálculo de probabilidades. Más tal cálculo es, en su esencia, puramente matemático, y así nos vemos ante la paradoja de que haya de aplicarse lo más estrictamente exacto de la ciencia a la vaguedad y la espiritualidad de lo más intangible del campo de la especulación

Y Dupin luego dice:

La historia del conocimiento humano ha mostrado de forma tan ininterrumpida que los sucesos colaterales o incidentales o accidentales han producido los descubrimientos más numerosos y notables, que se ha hecho al fin necesario, cuando se intenta tener una visión progresiva, conceder no un crédito grande sino el mayor a las invenciones que surgen de la casualidad y absolutamente fuera del nivel de las previsiones ordinarias. [Piénsese en el descubrimiento "accidental" de la penicilina por Alexander Fleming: el "accidente" que causó que un hongo destruyera las bacterias que estaba estudiando fue posible porque estaba estudiando las bacterias en primer lugar, y que ocurran accidentes es parte de la condición humana porque la concentración y la atención no son constantes, sin mencionar factores azarosos que sean externos a los propios investigadores] No es ya más filosófico basarse en lo que ha sido una visión que en lo que ha de ser. El accidente se admite como una parte de la subestructura. Hacemos la casualidad objeto de cálculo preciso. Sometemos lo imprevisto y lo inimaginado a las fórmulas matemáticas de las escuelas.

Y al finalizar el relato, retoma el narrador anónimo:

Se comprenderá que hablo de coincidencias y de nada más. […] Respecto a la última parte de la suposición [el paralelismo entre el caso de Marie Roget y el de Mary Cecilia Rogers,  caso este último ocurrido en Nueva York y en el que se basó Poe para escribir su cuento] ha de tenerse en cuenta que la más ligera variación de los hechos de los dos casos podría llevar a los más graves errores, al separar totalmente las dos series de acontecimientos; igual que en aritmética un error que, por sí mismo, podría considerarse despreciable, produce al final, a fuerza de multiplicarse en todos los puntos del proceso, un resultado muy distinto del verdadero. Y en cuanto a la primera cuestión, hemos de tener en cuenta que el mismo cálculo de probabilidades al que me he referido, impide toda idea de extensión del paralelismo, la impide vigorosa y decididamente justo en proporción a la extensión y exactitud de dicho paralelismo. Es ésta una de esas proposiciones anómalas que, dirigiéndose en apariencia a un pensamiento por completo al margen de las matemáticas, sólo un matemático puede resolver cumplidamente. Por ejemplo, nada es más difícil que convencer al mero lector de que el hecho de que hayan salido dos veces sucesivas seises en el juego de los dados, es causa suficiente para apostar a que será muy improbable que salgan en una nueva jugada. Una sugerencia de este género es usualmente rechazada de plano por el intelecto. No se ve razón alguna por la que dos jugadas terminadas, y que yacen por completo en el pasado, puedan ejercer influencia sobre una jugada que sólo existe en el futuro. La posibilidad de sacar seises parece exactamente la misma que existía antes, es decir, sólo estará sujeta a la influencia de las otras muchas jugadas que pueden salir. Y esta es una reflexión que parece tan obvia que las tentativas de discutirla son casi siempre recibidas a una atención respetuosa. No puedo pretender aquí, dados los límites que tengo asignados, exponer la naturaleza de este error, un error grosero que produce graves daños; para los que entienden de filosofía no necesita explicación. Ha de ser suficiente el que diga que forma una de las series infinitas de errores que surgen en el camino de la razón debido a la tendencia de ésta a buscar la verdad en el detalle.


Mis reseñas de las historias de Poe mencionadas, que tienen las fichas de los libros:

RESEÑA DE LOS CRÍMENES DE LA CALLE MORGUE 

RESEÑA DE EL MISTERIO DE MARIE ROGET

RESEÑA DE LA CARTA ROBADA

RESEÑA DE EL ESCARABAJO DE ORO

RESEÑA DE EL GATO NEGRO

viernes, 3 de abril de 2020

RESEÑA DE LA CARTA ROBADA

La última historia de Dupin. La identificación del intelecto del razonador con el de su oponente

Portada de El cuervo y otros cuentos, de Edgar Poe
Ficha
Título original: The Purloined Letter
Autor: Edgar Allan Poe
Fecha de publicación original: 1844
Editorial Maya, primera edición en El cuervo y otros cuentos, 2014, C. de Buenos Aires
Diagramación: Cecilia Campos
Imagen de tapa: Pyramid of Skulls, Paul Cézanne (1901)
ISBN: 978-987-1815-97-5


   Tercera y última de las historias de Dupin. Al igual que en su predecesora, en La carta robada es el prefecto G. quien presenta el caso a resolver, y él termina ofreciendo una recompensa a Dupin por su ayuda dado que la recompensa ofrecida a él es mucho mayor (aunque primero quiso obtener su ayuda sin darle nada a cambio).
   Este caso es presentado como muy sencillo, dado que se trata simplemente de encontrar una carta robada sabiendo quién cometió el robo, un ministro en las narices de la reina (la destinataria), que no podía decir nada, y sin embargo la policía falla en su minuciosa búsqueda clandestina. Dupin, posteriormente, le presenta la carta al prefecto a cambio de la recompensa que este le ofreció, dejándolo a él y al amigo narrador estupefactos. El prefecto se va con el valioso documento y el resto de la historia consiste en el desarrollo de la explicación de Dupin de por qué el razonamiento de la policía era incorrecto, y también explica su análisis comenzando con la esencia del razonar y, luego, describiendo cómo lo aplicó a la situación. Fundamentalmente, la clave del escondite (por la cual esta historia tal vez sea conocida por personas que no la hayan leído) radicaba en dejar la carta a la vista de todo el mundo…
Dupin
Ilustración de Ignacio Noé del libro La carta robada de la Colección Grandes Clásicos - Genios ISBN: 950-782-094-9


   Este probablemente sea el de lectura más fácil de los tres de Dupin porque hay más diálogo que en los otros dos cuentos, en los que es casi inexistente, incluyendo ahora diálogo en la larga explicación de Dupin.


   El primero de lo relatos cortos de Sherlock Holmes, Escándalo en Bohemia, parece haber sido inspirado por este, dado que también trata de recuperar un documento (en este caso una fotografía) que está siendo usado para chantajear a alguien. La diferencia es que en el de Sherlock no se lleva a cabo la hiperminuciosa búsqueda en toda la casa de la chantajista aunque sí se la revisa, y Holmes urde un plan para que Irene Adler le revele el escondite “voluntariamente”.

Reseña de Los crímenes de la calle Morgue
Reseña de El misterio de Marie Roget

viernes, 27 de marzo de 2020

RESEÑA DE EL MISTERIO DE MARIE ROGET

Poe y un caso real y Dupin y el cálculo de probabilidades

Página de título de El misterio de Marie Roget

Ficha
Título original: The mystery of Marie Rogȇt
Autor: Edgar Allan Poe
Año de publicación original: 1842-1843 (por entregas)
Editorial Bruguera, primera edición en Club del Misterio, 1981, España
Traducción: José Alvarez y Ángela Pérez
Ilustración de cubierta: Isidre Monés
ISBN: 84-02-08152-5

[Dice al comienzo el narrador] Pocos habrá, aún entre los pensadores más serenos, que no se hayan visto en ocasiones sorprendidos al ver que, de modo vago pero inquietante, creían a medias en lo sobrenatural, a causa de coincidencias de un carácter tan aparentemente maravilloso que el intelecto era incapaz de aceptarlas como meras coincidencias. Tales sentimientos, pues las semicreencias de que hablo jamás tienen la fuerza total del pensamiento, tales sentimientos difícilmente se logran sofocar por completo, a menos que se acuda a la doctrina del azar, o como técnicamente se la denomina, al cálculo de probabilidades. Más tal cálculo es, en su esencia, puramente matemático, y así nos vemos ante la paradoja de que haya de aplicarse lo más estrictamente exacto de la ciencia a la vaguedad y la espiritualidad de lo más intangible del campo de la especulación


Introducción
  El misterio de Marie Roget es el segundo caso de los tres que conforman las historias de C. Auguste Dupin, de Edgar Allan Poe. Escrito alrededor de un año después del primero, en la ficción han pasado unos dos años desde la investigación de los asesinatos de la calle Morgue, y más o menos un año después de que el protagonista anónimo amigo de Dupin relatara el caso al público. El narrador hace notar que después de que Dupin esclareció ese caso sin contar exactamente cómo, este se había hecho famoso entre las fuerzas policiales y “no fueron pocos los casos en los que la prefectura hizo intentos de contratar sus servicios”.

El caso
  En el caso particular en que se centra el relato, el prefecto de policía G. hace un acuerdo económico inespecificado con Dupin, relativo a la recompensa ofrecida por resolver el caso, para obtener su ayuda. Posteriormente, el narrador se hace con todos los diarios e informes policiales sobre el asesinato de Marie Roget, y tras haberlos leído tanto él como Dupin, el último comienza su análisis comparando lo ordinario del presente caso con lo extraordinario del de la calle Morgue, y luego, enfocándose en el caso en sí, empieza por asegurarse de la identidad del cadáver (algo que algunos periódicos ponían en duda) únicamente mediante conocimientos y análisis –palabra que no es redundante repetir– al igual que en el primer cuento de Dupin.
  En medio de su análisis, además, Dupin examina los periódicos de un modo aún más amplio que lo que lo había hecho su amigo, en busca de sucesos colaterales que por su aparente falta de relación con el caso hubieran sido pasados por alto. Dice así:
Según la táctica que yo propongo, hemos de dejar a un lado las cuestiones centrales de esta tragedia y concentrar nuestra atención en sus alrededores. Uno de los errores más usuales en una investigación como ésta, es el de eliminarla a lo inmediato con total menosprecio de los sucesos colaterales o circunstanciales. Los malos usos de los tribunales se limitan a confinar las pruebas y las discusiones dentro de los límites de lo aparentemente relevante. Sin embargo, la experiencia ha mostrado, y una buena lógica mostrará siempre, que una gran porción de verdad, quizás la mayor, brota de lo que en apariencia es irrelevante.
Con sus hallazgos –que a su amigo le parecen a primera vista irrelevantes– el chevalier continúa desenvolviendo el misterio hasta el punto en que él y su amigo deben pasar a la acción para identificar a su sospechoso por su nombre. A partir de aquí, sólo se menciona que se obtuvo el resultado deseado y que el prefecto G. cumplió con su parte, tras lo cual el narrador cierra el relato volviendo al tema con que lo había iniciado, el cálculo de probabilidades y las coincidencias, conocimiento fundamental del análisis de Dupin.

  Algo destacable de esta historia es también cómo y por qué fue creada. Con ella, Poe procura resolver un caso real, el de Mary Cecilia Rogers, asesinada en los alrededores de New York, y que permanecía sin resolver cuando Poe escribió el relato; y lo escribió siguiendo los hechos esenciales del caso verdadero y estableciendo paralelismos en el resto, y sin más información que la de los diarios que el autor pudo conseguir. Y en la nota después del final de la historia en mi edición dice: "...la confesión de dos personas (una de ellas la madame Deluc de la narración), en períodos diferentes bastante posteriores a la publicación, confirmaron, no sólo la conclusión general, sino absolutamente todos los principales detalles hipotéticos por los que tal conclusión se obtenía".

Conclusión
  Este segundo relato es el más largo de los tres, y el más pesado también debido a que casi no hay ningún diálogo en el sentido de que Dupin realiza su larguísimo análisis casi sin interrupciones por parte de su amigo anónimo. No obstante, este está hecho con una gran precisión y rigurosidad lógica, que constituye el principal deleite de las tres historias de Dupin, y considero que las expectativas que se tengan previo a leer este cuento influirán enormemente sobre sí es tedioso o interesante, aunque sí es el menos interesante de releer de los tres, puesto que el suspenso de cuáles serán las conclusiones siempre son un buen factor que mantiene la atención del lector por períodos largos.

Reseña de Los crímenes de la calle Morgue
Reseña de La carta robada

viernes, 20 de marzo de 2020

RESEÑA DE LOS CRÍMENES DE LA CALLE MORGUE

El origen del cuento policial de enigma y del primer detective, C. Auguste Dupin

Portada de Club del misterio. Poe. Los crímenes de la calle Morgue y otros relatos
Ficha

Título original: The murders in the rue Morgue
Autor: Edgar Allan Poe
Año de publicación original: 1841
Editorial Bruguera, primera edición en Club del Misterio, 1981, España
Traducción: José Alvarez y Ángela Pérez
Ilustración de cubierta: Isidre Monés
ISBN: 84-02-08152-5

Frases

[Narrador] "No debe confundirse el poder de análisis con el simple ingenio, pues mientras el analista es necesariamente ingenioso, el ingenioso es a menudo notablemente incapaz de análisis".
[Dupin] "Empañaba su visión al mantener el objeto demasiado próximo. Podía ver, quizás, uno o dos puntos con sólida claridad, pero al hacerlo así, necesariamente perdía la visión del asunto como un todo. Y es que existe algo que podemos llamar exceso de profundidad. La verdad no está siempre en un pozo. De hecho creo que el conocimiento más importante es invariablemente superficial".

El origen del género

  Los crímenes de la calle Morgue, o Los asesinatos de la calle Morgue es el primero de los cuentos de Poe que llamó de raciocinioratiocination– y que protagoniza C. Auguste Dupin, quien en el futuro sería conocido como un personaje precursor de Sherlock Holmes debido a la fama mayor que el último alcanzó, dentro de lo cual también debe de haber influido que Holmes aparece en muchas más historias, además de en cuatro novelas, y por eso quizá haya muchos que crean que el detective británico fue el primero de este tipo de personajes, pero hay al menos uno anterior a él, Dupin.
"Está generalmente aceptado que, aunque sus antecedentes se remontan más atrás en el tiempo, el género policíaco como tal nació en el siglo XIX de la mano de Edgar Allan Poe, al crear al detective Auguste Dupin en su relato Los crímenes de la Calle Morgue.
Dupin fue el primer detective de ficción, el cual sirvió de modelo a Arthur Conan Doyle para dar vida al “más famoso detective de todos los tiempos”: Sherlock Holmes, que constituye por excelencia el protagonista arquetípico de las novelas policíacas".[1]
  Empero, aunque sea correcto llamarlo precursor dado que sirvió de inspiración a Conan Doyle para crear a S.H., el término podría tener adherido en las mentes de muchos un aire de precariedad, o de rudimentariedad o de inacabado; no obstante, en este cuento en el cual Poe funda el género de detectivismo (o policíaco, o criminal o alguna otra denominación en esa línea), Dupin no es algo inacabado, ni rudimentario ni precario, sino un genio excéntrico que busca la verdad mediante el análisis.

El cuento

  Un brutal doble asesinato ha sido cometido en París y la policía, desconcertada ante el enigma de la habitación cerrada por dentro, más que nada por hacer algo, detiene a la última persona conocida que vio con vida a las víctimas, y Dupin se interesa en el caso al leer sobre él en los diarios.
  El narrador participante anónimo (podríamos decir que es un Watson anónimo que habla menos que el Watson sherlockiano) hace este relato –Poe lo hace– con la idea del autor de que cada palabra del cuento debe llevar hacia el final de este sin aditamentos innecesarios. A través de un relato rico en detalles pero que no se vuelve pesado nunca –excepto quizá en el relato del crimen hecho en un diario–, el narrador expone a Dupin; Dupin es el objetivo del narrador y, asimismo, el objetivo final de Dupin es únicamente la verdad cuando investiga el caso; si bien decidió investigarlo para entretenerse y devolverle un servicio a un conocido que estaba injustamente detenido, que su objetivo final ("My ultimate object is only the truth") sea la verdad refiere a su método cuando dice respecto a una parte específica de su razonamiento que un abogado habría de hacer otra cosa, pero que mientras esa puede ser la práctica de la ley, no es la de la razón. Dupin, entonces, llega a la verdad por confiar en la razón, en la cadena de razonamientos que empieza a elaborar desde su primer acercamiento al caso a través de los diarios, y es por confiar en la razón que sigue adelante en el punto en el que la policía se detuvo en la investigación de la escena del crimen, de una forma que Sherlock Holmes expresaría como: "Cuando se ha eliminado lo imposible, lo que quede, por improbable que parezca ("imposibilidades aparentes" las llamó Dupin), debe ser la respuesta".
  Finalmente, Dupin comprueba sus razonamientos y consigue con ello librar de prisión a su conocido inocente, y el relato termina marcando un contraste (como en otras muchas ocasiones de muchas historias detectivescas) entre el hombre analítico y la aguda e ingeniosa pero rutinaria y poco profunda policía.

Conclusión

  Un muy lindo relato tanto para quienes quieran iniciarse en historias de misterio como para los ya avezados en estas, y lo disfruté mucho aun cuando ya sabía quién había sido el autor del crimen por un espóiler que me hizo otro libro (La sombra de Poe)

Reseña de El misterio de Marie Roget
Reseña de La carta robada

[1]http://www.bne.es/es/Micrositios/Guias/novela_policiaca/Introduccion/


domingo, 2 de febrero de 2020

RESEÑA DE ESTUDIO EN ESCARLATA

Estudio en escarlata La primera aparición de Sherlock Holmes


Libro Estudio en escarlata de Arthur Conan Doyle

Título original: A Study in Scarlet

Autor: Arthur Conan Doyle
Año de publicación original: 1887
Terramar ediciones, 2004, Buenos Aires
ISBN: 987-21402-4-3

  La primera aparición de Sherlock Holmes constituye uno de mis libros favoritos. Tenía entre ocho y diez años cuando lo leí por primera vez. Le regalaron a mi hermano Estudio en escarlata y La señal de los cuatro y como había escuchado de él como el gran detective de todos los tiempos en Scooby Doo y, sobre todo, en Detective Conan, los leí con mucho entusiasmo por conocer al personaje (aun cuando ya había leído una versión resumida de Estudio en escarlata que había salido en un libro de colección de clásicos para niños de la revista Genios, pero no recuerdo que me hubiera resultado particularmente interesante), y si no lo he releído todos los años, el promedio no debe estar lejos. Aunque es cierto que, en cierto modo, creo que sólo una vez lo he leído entero: el libro está compuesto por una primera y tercera partes donde narra el doctor Watson, mientras que en la segunda hay un narrador en tercera persona que cuenta el pasado del criminal que Holmes atrapa al final de la primera parte, pero esta segunda parte puede saltarse y no afecta en nada a las otras dos, ya que funciona como una novela corta independiente –que me había parecido aceptablemente buena, creo recordar, pero no es una historia de Sherlock Holmes–, además de que Holmes y Watson no se enteran jamás de lo narrado en esa parte, excepto un poquito por lo que el propio criminal cuenta en la tercera en la estación de policía.
  Por lo tanto, me referiré aquí a sólo la primera y tercera partes, es decir, a la historia holmesiana (¿o sherlockiana?). Y es una historia atrapante ya desde el primer capítulo, que es donde Holmes y Watson se conocen y arreglan vivir juntos en Baker Street para tener habitaciones cómodas a un precio bajo, y desde el principio se hace notar que Holmes es alguien excéntrico, de una excentricidad atrayente que le hace recordar al doctor un verso de Alexander Pope (famoso poeta inglés del siglo xviii): El verdadero tema de estudio para la humanidad es el hombre.
  Así, aunque Holmes no le cuenta a Watson qué es lo que él hace, su manera de vivir y sus conocimientos, así como sus desconocimientos de cosas como la composición del sistema solar –puesto que Sherlock cree que cada conocimiento nuevo que se agrega, a partir de cierto punto, genera el olvido de algo viejo, y es de la mayor importancia evitar que los datos inútiles para uno desplacen a los útiles–, acicatean la curiosidad de Watson al punto de confeccionar una lista con los conocimientos y habilidades de su compañero para tratar de deducir a qué se dedica. Termina fracasando y posteriormente será el propio Holmes quien, finalmente, provoca una conversación que lo lleva, intencionalmente, a revelarle que es un detective-consultor, y también cómo había descubierto en su primer encuentro que Watson había estado en Afganistán. Esto hace pensar al doctor en Poe y Dupin, así como en Gaboriau y Lecoq, pero, curiosamente, Holmes no piensa mucho de ninguno de esos dos famosos detectives de ficción que lo precedieron (me gustaría saber si eso mismo pensaba Doyle).
  Tras los dos capítulos que han servido de introducción, en el tercero es cuando Holmes invita a Watson a ir con él en respuesta a un pedido de ayuda de los inspectores de Scotland Yard, Gregson y Lestrade, para investigar un asesinato. Aquí, Watson ve en acción el método de Holmes para investigar. Y en su método está una de las razones por las que Holmes fue tan famoso en su época y por la que, por contraste con los policías oficiales de sus historias, se ve más brillante de lo que ya es de por sí: la criminalística estaba en sus primeros años y era mayormente desconocida para el público (en El sabueso de los Baskerville, de hecho, se menciona de pasada a uno de sus propulsores más importantes, el francés Bertillon). Holmes es así, en la ficción, un vanguardista de la investigación criminalística, por así decirlo, y este es un encanto que las series que sitúan a Holmes en el mundo moderno, como Sherlock de la BBC con Benedict Cumberbatch, no pueden transmitir del mismo modo porque el contraste con los policías en esa área no puede ser tan marcado.
  En fin, cada uno de los tres detectives sigue su propio curso de investigación; obviamente, el de Holmes fue el correcto, y gracias a los irregulares de Baker Street (un montón de preadolescentes o adolescentes a los que paga por sus prestaciones para buscar información sin recurrir a la policía, con lo cual no levanta sospechas de los criminales) encuentra y atrapa al asesino (en presencia de Gregson y Lestrade, por cierto, además de Watson).
  Finalmente, tras llevarlo a la estación de policía y escuchar su declaración, en la que el asesino confiesa todo puesto que tiene una enfermedad que pronto lo matará, el final de la novela ocurre en Baker Street, con Holmes explicando a Watson cómo actuó desde el inicio del caso y por qué lo hizo así, además de mostrando que Gregson y Lestrade se llevan toda la gloria en los periódicos.

Reseña de La señal de los cuatro

Reseña del primer cuento de Dupin